Siempre te extrañó la rotundidad con la
que anunciaba mi compromiso, con la que mostraba la plena intención de vivirnos
desde la transparencia propia de una entrega ingrávida, absoluta, incluso el contorno de los instantes con la prisa del
sediento y ante tu perpleja mirada madejeaban mis dedos entre los encuentros
tan claros, tan honestos, tan apegados a lo esencial para decirte una y otra
vez que no podía quererte más, no sabía, no era capaz, no disponía de un
espacio infinito, ni podía ensanchar más la noche, pero sí
la de amarte cada día mejor, como si se tratase del único posible, de ese
momento de oro que nos concede, extrañamente, en contadas ocasiones, la plena
felicidad, y sabe dios, que así lo hice.
Tú, en cambio, sí conseguías enredarme
en el doblez de tus días con mayor cordura y con un tacto abrumador a medida
que permitías la porosidad de mi alma. Tu ternura se transformaba continuamente
en gestos cálidos, esos tan necesarios
para sentir que la vida merece la pena y cuánto mejor me dejabas mostrarte la
admiración desprendida por tu infinita benevolencia y tu implacable calma, más
penetraba el consuelo de unas caricias anheladas y que estuvieron vetadas en un
pasado por las sombras de la renuncia y de una generosidad negada.
Consentiste mis extensos besos adornando
tus entrañas, tus silencios protegiendo la sabiduría de lo oportuno, rozaban tus palabras mis noches y
se entrelazan los pies con el ímpetu con el que brotan las hortensias. Nos
asomamos a nuestros misterios, a todas nuestras tentaciones para descubrirnos
en una gloria repleta de complicidad, desnudamos nuestros pudores y nuestras
gargantas para inventarnos el mundo, para sentir nuestros latidos al ritmo de
un solo corazón y siempre reposando mi vientre en tu espalda.
Difícil la coherencia entre
pensamientos, quehaceres y sentimientos cuando se desmoronan todos aquellos motivos
que nos hacían singulares, imprescindibles, extraordinarios, amables.
Se me quiebra el tiempo de los abrazos
sin saber cómo seguir sin nombrarte, sin tener el privilegio de cuidar
eternamente de nuestros pasos, desdibujado el paisaje de la tenacidad y la
compasión, hace mella el profundo vacío,
el desgarro cotidiano, consciente de que en un futuro volverán los amaneceres
desprovistos de rabia y de que los sueños esperanzados extinguirán tanta
inquietud, pero mientras tanto ¿cómo huir de los olores embarazosos, del vaivén
del desencanto, del llanto amargo de la desdicha, de tu ausencia arañando los
regazos?
Y sin embargo me queda el océano de tus
recuerdos apurando secretos, la memoria tirando de la respiración en cada
esquina, estas lágrimas de papel por nuestra leyenda de amor, porque todo el
espectáculo de la vida estaba en ti.
Ángela G. Llorente
(Javier
poseía una sola vida, conformando parte de su presente y de su futuro, Ana,
Raúl y yo)
CARTA DE
AMOR
Esta es una
carta de amor
tan confusa
y tan profunda
como, por
ejemplo, el bosque
o la oscuridad
nocturna.
Mi corazón
late con fuerza
para llamar
a tu puerta
y tú me
dejas entrar.
Porque sin
ti no quiero estar,
Sino mucho
más contigo.
Esta es una
carta de amor
tan confusa
y tan profunda
como, por
ejemplo, el mar
o incluso
todavía más.
(Jürg
Schubiger)
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