Llevo años intentando obtener el patrón de comportamiento de las cosas que penetran en uno sin filtro aparente para no volatilizar todas las conclusiones obtenidas durante este tiempo. Sin éxito. No es solo que lo hagan bajo una difusión simple, es que aun con un membrana aparentemente impermeable y sin energía favorable consiguen hacerlo y desordenarlo todo. Obligándote a volver al inicio, a enfrentarte al temido vértigo de no ser capaz de controlarlo todo. Ser parte de la atemporalidad que supone imaginarte una y otra vez en la contradictoria fortuna que es haber coincidido en este mundo. Una posibilidad entre un billón. Varias veces y todas bajo los mismos efectos. Bajo una sobredosis de dopamina que no sabes cuánto va a durar pero sabes que es necesario el aprendizaje, una vez más, de saber caer. De afrontar la parte proporcional del miedo de sentir como siento. De la racionalidad necesaria y odiada en una proporción de 1:10. Ojalá la fantasia fuese impartida exactamente igual que el razonamiento lógico y pudiese dejar fluir sin sentir que me encuentro a 8844 metros del suelo sin sujeción, más radiante que nunca. Ojalá dejarlo ser hasta el delirio, sin frenos.
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